Palabras vacías
de sueños y esperanzas
que venden pasiones
a almas incendiadas.
Sonidos huecos, revolución mansa,
brotes de protesta
que el conformismo aplasta.
Esto es política,
esto es movimiento:
palabras bonitas
sin contenidos sinceros.
Palabras vacías
de sueños y esperanzas
que venden pasiones
a almas incendiadas.
Sonidos huecos, revolución mansa,
brotes de protesta
que el conformismo aplasta.
Esto es política,
esto es movimiento:
palabras bonitas
sin contenidos sinceros.
—
Jugaremos a ser niños otra vez,
a emocionarnos con cada amanecer,
a regalar sin miedo las sonrisas,
a disfrutar de nuevo de la vida
y olvidar lo que el tiempo designa.
Hacer ver que no oyes el viento que silba,
que no reparas en la rosa ya marchita
que se deshoja, poco a poco, cada día.
Y volverán los sueños rotos del pasado,
volverán los recuerdos ya olvidados
y mancharán de colores la agonía
que oscurece con fuerza tu alegría.
Noche, sombra, alma, duelo,
serán por siempre tus sueños.
—
Andrea bajaba lentamente por la ladera. El otro lado de las montañas era, literalmente, su cara opuesta. Tras un corto trecho de roca roja y caliente la tierra se había vuelto grisácea y todo estaba medio congelado. Pocas plantas crecían en ese lugar, pero las que lo lograban eran duras y fuertes y le servían de apoyo cada vez que resbalaba.
Al cabo de dos o tres horas de descenso Andrea tenía todo el cuerpo entumecido por el frío y lleno de arañazos y moratones.
Al caer la noche se refugió en una pequeña gruta envuelta con su manta, aunque esta de poco le servía. Esa noche no hubo sueños ni grutas con dibujos luminosos, solamente el frío intenso y cortante. Cuando despertó el cielo tenía un color ceniciento.
Emprendió nuevamente el descenso. Al cabo de poco empezó a soplar un viento fuerte que a veces le impedía avanzar y otras veces, en cambio, la empujaba montaña abajo.
Cada vez veía más nítida la silueta de la ciudad que había vislumbrado desde la cima de las montañas a pesar que esta seguía envuelta por una densa bruma. Estuvo andando todo el día. De repente una nueva ráfaga de viento más fuerte que las anteriores la empujó haciéndole resbalar y caer rodando montaña abajo. Las rocas rebotaban a su alrededor golpeándola por todos lados. Andrea intentaba frenarse apoyándose en las piedras, pero estas cedían bajo su peso golpeándola y arañándola.
Finalmente la pendiente se suavizó y Andrea logró frenarse, quedándose tendida en el suelo y tosiendo por el polvo que había levantado. Tras unos minutos se incorporó y observó que ya casi estaba al pie de las montañas.
— Pufff……. quizás no haya sido el mejor método para bajar… ni el menos doloroso — se dijo, frotándose la cabeza — pero por lo menos ya casi he llegado…
Se puso de pie tambaleándose y notó como un dolor agudo y penetrante se le clavaba en el tobillo del pie izquierdo y le subía por la pierna. Se observó atentamente y vio algunos cortes leves por los brazos y piernas y un sinnúmero de golpes y arañazos por todo el cuerpo.
— Podría haber sido peor, por lo menos parece que no me he roto nada… solo espero que no se me hinche el tobillo y pueda seguir mi camino… — murmuró. Entonces miró el cielo. — Lo mejor que puedo hacer ahora es descansar, pronto anochecerá. Mañana podré llegar a la ciudad.
Diciendo esto se sentó con cuidado sobre una roca plana y se descolgó la mochila buscando algo para comer y beber.
— ¡Oh no! Mierda… — Durante la caída alguna piedra había golpeado la bolsa con fuerza haciendo un agujero en la cantimplora por el cual se había escapado casi toda el agua. Andrea bebió la mitad de la poca que quedaba y usó el resto para refrescarse y lavar los cortes. Tras eso rasgó una de sus camisetas y se vendó fuertemente el tobillo. — Bueno, no sirve de nada lamentarse ahora… mañana llegaré a esa ciudad y todo irá mejor, seguro.
A la mañana siguiente continuó su camino. Le dolía el pie y cojeaba un poco, pero por lo menos podía andar.
Lentamente salió de las montañas y avanzó por el campo seco y polvoriento que las separaba de la ciudad. De vez en cuando el viento soplaba fuerte levantando nubes de tierra que cegaban a Andrea.
Al mediodía solo unos pocos kilómetros la separaban de la extraña ciudad envuelta en la bruma y de quienes viviesen allí. Si tenía suerte allí encontraría al hombre que buscaba.
Ludok se incorporó violentamente en su camastro con el cuerpo bañado en sudor y la respiración acelerada. Miró a su alrededor y enterró el rostro en las manos apretando con fuerza las palmas contra los ojos en un intento desesperado e inútil de borrar la pesadilla de su mente.
Todas las noches la misma pesadilla,… algo lo atacaba en medio de un camino desconocido y distinto cada vez, él lo destruía y, entonces, los atacantes se convertían en personas que formaban parte de su pasado y que se levantaban para acusarlo de asesino y de haberlos matado. Entonces caía en la oscuridad y despertaba en su cama o donde fuese que estuviese durmiendo. Aunque esta vez algo había cambiado; el camino que recorría no era desconocido para él y había sido el mismo las tres últimas noches. Era el camino por el que se salía de Tuan.
Se levantó y fue a lavarse la cara. Apoyando las manos en la pared observó el reflejo de su rostro cansado en el espejo, sus ojos grises mostraban la determinación que se estaba materializando en su mente.
“En medio de la pesadilla había un mensaje. El camino. Ha llegado el momento de marcharme de Tuan.”
Recogió sus pertenencias, enfundó su pistola, se ciñó la espada, pagó la cuenta de su habitación y, sin esperar a que amaneciese, salió de Tuan. No miró atrás… no se despidió de nadie.
Andaba en silencio por el mismo camino de su pesadilla, contemplando las estrellas y los fuegos lejanos de las montañas.
Cuando por fin salió el sol Tuan solo era una sombra en la lejanía. Siguió andando toda la mañana a través de campos medio secos y abandonados y, hacia el mediodía, vio una casa al lado del camino. Era de piedra marrón, pequeña y parecía abandonada aunque la tierra de su alrededor estaba cultivada y salía humo por una especie de chimenea situada en el tejado. El lado derecho estaba medio derrumbado, pero el izquierdo parecía habitable.
Ludok se acercó a la puerta, que estaba entreabierta, y miró en el interior. Allí había una mesa de madera tosca junto a un saliente de la pared que hacía la función de banco, sobre la mesa descansaba un jarrón de cristal algo resquebrajado que contenía agua, en el rincón opuesto de la habitación había un montón de paja cubierta con dos mantas que debía hacer la función de cama y en la pared de enfrente de la puerta había una chimenea encendida con una cazuela en el fuego y, al lado, un pequeño armario.
— Disculpa pero… ¿Qué estas haciendo?
La voz, grave y cascada, venía de su espalda. Ludok se giró y vio un hombre viejo y encorvado aunque de aspecto fuerte tras él. Su piel era oscura y agrietada por el sol, los ojos negros y de mirada dura y los cabellos y la barba largos y canos.
— Perdón, no sabía que viviese nadie por aquí de modo que al ver la casa pensé en refugiarme en ella para comer algo antes de seguir mi camino.
— Es lógico pensar que no vive nadie tan lejos del pueblo y en esta barraca vieja y derrumbada… ¿Quieres comer? De acuerdo, hace mucho que no tengo compañía, pasa si quieres y comeremos. JeJeJe. — y sin esperar respuesta cruzó la puerta por delante de Ludok y se dirigió a la cazuela humeante de la chimenea. — No es mucho lo que tengo, pero suficiente para dos hombres con apetito. JeJeJe. Pero pasa, hombre, pasa, no te quedes ahí de pie, entra y siéntate, la comida ya está echa. JeJeJe.
Ludok entró, dejó caer su sombrero sobre la espalda y se sentó en el banco de piedra. Al poco el viejo colocó un plato humeante lleno de un caldo espeso delante de él y se sentó a su lado con otro plato igual. Empezaron a comer.
— Agradezco su invitación señor…
— Llámame Zoltar, y nada de gracias ni señores por favor. Lo hago encantado, ya he dicho que hace mucho que no tengo compañía. JeJeJe.
— ¿Cómo es que vives tan lejos del pueblo?
— ¿El pueblo? ¿Te refieres a Tuan? Bah, allí no vive nadie ya…
— Si que vive alguien, vengo de allí y he estado con sus gentes…
— Oh bueno, no quería decir que no hubiese personas allí… solo digo que es como si estuviesen todos muertos. JeJeJe.
— ¿Muertos? ¿Por qué?
— Porque no quieren ver. Están pasando cosas, cosas muy graves. No aquí, no en Tuan, pero si muy cerca. Las gentes de Tuan me trataron de loco y se burlaron de mí, así que me fui y vine aquí. Te lo explico porque se que tú si me creerás… me crees ¿verdad mercenario?
Ludok se puso tenso de repente.
— ¿Por qué me llamas así?
— Para empezar porque no me has dicho tu nombre. JeJe. Además… espada, revolver, caminando solitario por un camino desierto en dirección a la nada… pocas cosas más puedes ser, así que me he arriesgado y he acertado, ¿verdad? JeJe.
— Si… eres un buen observador…
— Quizás demasiado bueno… A veces veo cosas ¿sabes? Cosas que no están aquí realmente, que están sucediendo en este momento en alguna parte o que sucederán más adelante… Son como sueños, pero, al despertar, sabes que son algo más… que ha sido todo real… JeJeJe, no te asustes de mi, amigo… quizás sea cierto que chocheo un poco. JeJeJe.
Terminaron de comer en silencio y Zoltar recogió la mesa mientras Ludok se liaba un cigarrillo.
— ¿Te importa que fume? Tengo suficiente para los dos si quieres uno.
Zoltar no respondió. Se había quedado de pie en medio de la estancia.
— ¿Zoltar?
Ludok se puso de pie y, dudando, dio un paso hacia él. Al mismo tiempo Zoltar abrió las manos dejando caer los platos y vasos que se hicieron añicos con un gran estruendo. Se puso a hablar con una voz grave y sonora.
— Ella se acerca, ella es poderosa. Viene de rojo como la sangre de sus víctimas y sacrificios y su corazón es negro como el reino de su señor Gharë.
— ¿Qué dices Zoltar? ¿Estás bien? — Ludok avanzó otro paso.
— Detente mercenario y escucha. Alguien te busca, alguien te necesita. Se precisa corazón puro y alma noble para albergar a Jedsar. Escucha. Avanza. Corre. Hay peligros para ti, sin nombre. Debes descubrirte, para ello debes avanzar; sigue el camino.
Tras estas palabras Zoltar se desplomó, pero Ludok lo cogió antes de que tocase el suelo. El anciano abrió lentamente los ojos, confuso.
— Oh… ¿te he asustado? Ya te dije que a veces tenía sueños… JeJeJe.
— ¿Eso fue un sueño? Me hablaste a mí directamente, dijiste que alguien se acercaba, alguien que traía la oscuridad… También que alguien me buscaba y necesitaba… y algo sobre Gharë y Jedsar…
— Los dioses, el bien y el mal,… ese era mi sueño… Pero esta vez no era para mi, solo he sido el medio, tú eres el destinatario. Escúchame bien mercenario porque si los dioses intervienen algo grande está siendo movido. En mi sueño había una chica, una joven con una cicatriz en la mejilla. Está perdida en un lugar que no conoce y esto, ahora, es más peligroso que nunca. Ella es quien te busca amigo, te necesita porque está en peligro… se encuentra cerca de la vieja ciudad de Krint.
— ¡No!
— ¡Si! — Zoltar se levantó de un salto y empezó a empujar a Ludok hacia la puerta gritando— ¡Corre mercenario, corre! Aún tienes tiempo si te das prisa. Ve, sálvala. Ella necesita tu ayuda, pero tú también vas a necesitar la suya. ¡Corre! Solo tienes un día, llegará allí mañana al anochecer.
“¡Un día! No voy a llegar… debo darme prisa… Krint no es un buen lugar para nadie.”
Ludok echó a correr por el polvoriento camino en dirección a Krint mientras Zoltar, desde la puerta de su cabaña, le seguía gritando que fuese deprisa.
“No, decididamente Krint no es un buen lugar… y menos si no sabes lo que vive allí…”
Las palabras se perdieron,
se rompió la rima,
ya no hablan más mis versos
de tu mirada consentida.
Ni de tu sonrisa pérfida
y tus labios envenenados
y tu boca vacía
de amores y halagos.
Ya no hablan más
de un corazón fuerte y enamorado,
sino de uno de frágil cristal
por ti roto en mil pedazos.
–
Andrea avanzaba por la gruta observando los dibujos de las paredes. Esos dibujos mostraban momentos de la historia de su pueblo y su vida. Historias que no conocía, historias del origen de los tiempos, historias de la guerra,…
Las paredes brillaban con un suave resplandor que resaltaba las líneas sencillas que formaban los dibujos. Al final del camino la luz se hacía más intensa, cegadora.
Andrea avanzaba hacia esa luz, se sentía atraída por ella. Le daba calma, seguridad, la hacía sentir bien y en paz, y hacía mucho tiempo que no se sentía así. En la luz había alguien que la estaba llamando y que le resultaba familiar.
— Hola Andrea, te estaba esperando.
Esa era la voz de su hermano, era la voz de Jonás.
— ¡Jonás! Creía que habías muerto. Me he marchado de Tan, voy a cruzar las montañas. ¿Dónde estás? ¿Por qué no viniste?
— Sigo vivo aunque no se por cuanto tiempo. Me encuentro en el centro del reino, en la torre de Sharon, pero no debes temer por mí, debes seguir tu camino. Necesito que busques a alguien cuando llegues al otro lado. Es un hombre solitario que creo que nos podrá ayudar. Se le conoce como “El Mercenario”.
— ¿Cuál es su nombre, cómo lo reconoceré?
— No conozco su nombre ni tengo más información sobre él. En cuanto a como lo reconocerás… vuestro camino se cruzará y sabrás que es él cuando lo veas. Debo marcharme ya, Andrea, pero nos volveremos a ver.
— Encontraré a ese hombre Jonás, te lo prometo.
La luz invadió completamente la gruta y se desvaneció sumiéndolo todo en la oscuridad.
Andrea abrió los ojos. El sol estaba ya en lo alto así que se puso en marcha de inmediato.
El sueño de la noche anterior había sido muy nítido y real de modo que tenía claro su objetivo.
Avanzaba cuesta arriba. Las rocas resbalaban y le quemaban la piel. Su ropa estaba empapada en sudor. El calor era asfixiante y Andrea, a veces, se sentía desvanecer, pero no se permitía descansar más de lo necesario.
Al anochecer del tercer día logró, por fin, llegar a la cima de las montañas. Allí todo estaba marchito y quemado, las mismas rocas se fundían con el calor durante el día y adoptaban formas extrañas al solidificarse a medias por la noche. De vez en cuando en algunos puntos aparecían llamaradas de la nada dejando una marca negra en el suelo. El único modo de sobrevivir allí arriba era disponer de mucha agua y encontrar alguna sombra y, aun así, nada sobrevivía cuando el sol llegaba a su punto más alto.
Ante los ojos cansados de Andrea, en medio de la oscuridad, apareció por primera vez el otro lado de las montañas.
Al frente veía la silueta de una ciudad rodeada por la bruma con grandes campos secos a su alrededor, a su izquierda una inmensa ciénaga se extendía hasta el horizonte y, a lo lejos, una gran extensión de campos verdes con pequeñas poblaciones dispersas. En algún lugar de esos se encontraba su objetivo.
— Voy a encontrarte, Mercenario. Estés donde estés.
Jonás descendió de nuevo. Había percibido que alguien se acercaba y había interrumpido la conexión más pronto de lo que hubiese querido. Tendría que encontrar otro momento para hablar con “El Mercenario”.
En ese instante Sharon irrumpió en la habitación cortando el hilo de sus pensamientos.
Estaba furiosa, su rabia llenaba hasta los rincones más ocultos de la estancia y se reflejaba en el resplandor de sus ojos de fuego. Su mente estaba ofuscada y solo ansiaba destruir. Las sillas salían despedidas contra las paredes, los espejos caían rotos en mil fragmentos por el suelo, con sus manos hacía jirones las cortinas. Toda la estancia parecía estar sufriendo el paso de un huracán, y en medio del huracán se hallaba Sharon.
Jonás se encogió en su rincón y blindó su mente, temeroso de otra tortura o de un ataque mental.
Agotada, pero aún furiosa, Sharon se dejó caer en el único mueble que había sobrevivido, su sillón. Su pecho se agitaba fuerte al ritmo de su respiración, sus dedos se hundían en la madera dorada del sillón dejando pequeños surcos en la pintura y su mirada se clavaba fija en el cuerpo pequeño, frágil y desnutrido que se acurrucaba con los ojos cerrados en el fondo de la celda.
Sharon se incorporó lentamente sin dejar de mirar a Jonás y se acercó a al calabozo.
— ¡Tú! Estoy empezando a hartarme de ti y de tu indiferencia. — Sharon lo apuntó con el dedo y el cuerpo de Jonás se separó del suelo. — ¡Ahora mismo vas a revelarme algo! — Y, sin dejarlo caer, lo arrojó a un lado de la celda con fuerza. — ¿Dónde está el manuscrito? — Y lo arrojó hacia el otro lado. — ¿Dónde están tus amigos? — Y lo arrojó contra el suelo. — ¿Cual es tu Verdadero Nombre?
Jonás intentaba bloquear su mente al dolor y no pensar en nada de lo que ella le pedía, pero estaba débil y cansado, Sharon le daba golpes por todos lados contra los barrotes de la celda, su rabia se clavaba como miles de cuchillos afilados en su mente y su bloqueo empezó a romperse.
Cortos fragmentos de su vida pasaban por su mente, imágenes borrosas de sus padres y de su infancia, de la guerra, de su presente, de las montañas,…
“¡Basta!” gritó, aunque ningún sonido salió de su boca, y rehizo la barrera de su mente.
Sharon lo dejó caer de nuevo al suelo y se sentó, desconcertada, pensando en lo que había visto.
— Las montañas, — susurró — hay algo, o alguien, en las montañas ¿verdad? ¿De qué se trata? ¿El manuscrito? ¿O es el lugar donde te escondes tú o tus amigos?
Jonás, en el suelo, lloraba de rabia ocultando el rostro. Había estado a punto de revelar el paradero exacto de su gente y había dado información sobre donde encontrarlos. Aunque Sharon no supiese con exactitud que se ocultaba en las montañas no pararía hasta averiguarlo.
Debía hacer algo.
Ludok daba vueltas por los alrededores de Tuan. Hacía ya varios días que estaba allí sin trabajo, sin nada, pero sin atreverse a marcharse.
Había ido a Tuan por algún motivo, algo lo había llamado allí, y no podía irse sin saber porqué.
Pese a eso, como le había dicho el alcaide el primer día, no había trabajo para él en Tuan.
Paseaba por los campos y las calles intentando recordar, pero casi nada llegaba a su memoria.
Cansado de no hacer nada se tumbó en el campo debajo de un árbol seco y medio muerto.
— ¿Cómo te llamas?
Ludok se levantó de un salto mirando a su alrededor. La voz había sonado clara, como si estuviese en su cabeza, pero no había nadie cerca.
— ¿Cómo te llamas?
— No doy mi nombre a aquellos que no se me muestran.
— Mi cuerpo se encuentra muy lejos de este lugar, solo mi mente esta en el aire y mi voz en tu cabeza.
— En este caso eres un espíritu y, por tanto, no te diré cómo me llamo.
— Necesito saber tu nombre para poder llegar a ti más rápido.
— ¿A caso crees que soy estúpido? No seguiría vivo si desconociese el poder del nombre. A través de él se llega al Verdadero. ¿Es eso lo que quieres? Tengo cientos de nombres, me conocen en cientos de lugares. El nombre que mis padres me pusieron ni yo mismo apenas lo recuerdo. ¿Quieres un nombre? Llámame Mercenario.
— Tranquilo Mercenario. No te creo estúpido ni quiero tu Verdadero Nombre, solo poder contactar contigo. No me des tu nombre, ahora puedo hallarte igual. Me presentaré, Mercenario, yo soy Jonás y me encuentro al otro lado de las montañas.
— Si eso es cierto estas muy lejos de aquí. ¿Qué quieres de mí?
— No sé cómo exactamente, pero nuestros caminos están unidos. De momento solo quiero ayudarte. Más adelante quizás puedas ayudarme tú. Debo marcharme ya, no estoy en situación de hablar mucho rato. Si alguna vez me necesitas pronuncia mi nombre y vendré si está en mis manos el hacerlo. Nos volveremos a encontrar, Mercenario. Adiós, y cuidado con los sueños.
— ¡Espera! ¿Qué sabes tú de los sueños? ¡Jonás! Maldito espíritu, no puedes marcharte ahora… Quizás me ha engañado, quizás se ha infiltrado de algún modo en mi mente… Pero si dice la verdad… “Nuestros caminos están unidos”. ¿Qué quiso decir con eso?
Ludok miró hacia el horizonte. Delante de él se vislumbraba una gran extensión de tierras yermas y pantanosas donde no habitaba nadie y, a lo lejos, sobre el cielo estrellado, se recortaba la silueta de las Montañas de Fuego.
Al otro lado, quizás, se encontrase Jonás.